En 1837, una joven Charlotte Brontë de veintiún años le escribía una carta al poeta Robert Southey, con la intención de que leyera algunos de sus poemas y le diera su opinión. Como respuesta recibió estas líneas:
Señora:
[…] La literatura no es asunto de mujeres, y no debería serlo nunca. Cuanto más ocupada esté con sus propios deberes, menos placer obtendrá de ella, ya sea como perfeccionamiento o como ocio. No ha sido usted llamada a estos deberes, y cuando lo sea, tendrá menos ansias de celebridad. No buscará la emoción en la imaginación, pues ya traerán demasiadas las vicisitudes de esta vida y las angustias de las que no ha de esperar quedar exenta, sea cual fuere su estado.
La respuesta de Charlotte no tardó en llegar:
Si la perfección cristiana es necesaria para salvarse, yo nunca me salvaré; mi corazón es un semillero de pensamientos pecaminosos. […] Por las noches, lo confieso, pienso, pero nunca molesto a nadie con mis pensamientos. Evito con cuidado cualquier apariencia de preocupación y excentricidad que pudiera llevar a aquellos entre quienes vivo a sospechar de la naturaleza de mis búsquedas […]. No solo me he propuesto observar atentamente todos los deberes que una mujer debe realizar, sino que estoy profundamente interesada en ellos. No siempre lo consigo, porque a veces cuando estoy enseñando o cosiendo, preferiría estar leyendo o escribiendo, pero intento negarme a mí misma. […] Permítame una vez más darle las gracias con sincera gratitud. Confío en no volver a tener nunca más ambiciones de ver mi nombre impreso; de aparecer tal deseo, miraré la carta de Southey y lo reprimiré.
Diez años después, el mundo recibió el regalo de Jane Eyre, su primera novela, publicada bajo el seudónimo masculino de Currer Bell.
Art finds a way.


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Prepará la bebida caliente de tu elección porque esto puede ponerse intenso. Pero también te recomiendo quedarte hasta el final para no perderte los chismes ni las curiosidades.
¿Empezamos?
Cuando hablamos de las hermanas Brontë, nos referimos a ellas como una unidad indivisible. Aun con sus particularidades, es difícil pensarlas como tres partes separadas de un todo conectado, como una fuerza de la naturaleza impredecible en pleno siglo XIX. Los escritores de la época no entendían qué los había sacudido. ¿Quiénes eran y de dónde venían estas mujeres de apariencia insignificante? Había llegado el momento de mostrarle al mundo que el lugar de la mujer estaba allí donde ella se imaginara.

La historia de las hermanas Brontë es fascinante, bella y trágica, y como todas las cosas bellas y trágicas, está rodeada de misterios. Charlotte, Emily y Anne fueron sólo una parte de una familia de seis hermanos. Las mayores, María y Elizabeth, murieron siendo aún niñas, y su muerte inspiró varios pasajes de Jane Eyre. El único hermano varón, Patrick Branwell, mejor conocido como Branwell, tenía todas las esperanzas de la familia puestas en él, y su padre confiaba en que sería un poeta y pintor de renombre, pero sus vicios, excesos y una vida íntima turbulenta lo llevaron a una muerte prematura. Sus tres hermanas lo sobrevivieron, pero no por mucho tiempo.

La imaginación como refugio en la infancia
Las hermanas Brontë pasaron la mayor parte de sus vidas en los páramos de Yorkshire, Inglaterra. La casa que pertenecía a la rectoría donde trabajaba su padre, el pastor Patrick Brontë, fue el lugar que las vio crecer y el semillero que hizo florecer sus talentos. Su madre, María, murió cuando todavía eran niños, y su hermana, la tía Elizabeth, se trasladó a la casa de la familia para ayudar a su cuñado con la crianza. Desde pequeñas, Anne, Charlotte, Emily y su hermano Branwell armaban historias sobre mundos imaginarios con sus propios personajes y particularidades. Branwell y Charlotte crearon el reino de Angria, mientras que Emily y Anne fueron las autoras de Gondal. Así pasaban tardes enteras.
La literatura y la escritura siempre fueron un refugio silencioso para las hermanas Brontë. A los mundos imaginarios les siguió una serie de poemas, algunos inspirados en sus reinos de fantasía y otros en sus propias experiencias personales y en la observación de la naturaleza que las rodeaba.

Su padre las incentivaba a leer y escribir, y se tomaba muy en serio su educación intelectual y espiritual. A diferencia de otros hombres de su época, desaprobaba el matrimonio, creía que era una equivocación y le enorgullecía que sus hijas buscaran ser artífices de su propio destino, sin depender de un marido.
¿Qué llevó a las hermanas Brontë a tomarse tan en serio su deseo?
Hay un elemento que se pasa por alto al hablar de las hermanas Brontë. La escasez de hombres. Ubiquémonos en contexto: Inglaterra, Yorkshire, mediados del 1800, pueblo rural en los inicios de la industrialización, guerras napoleónicas, escasez de hombres. Muchas mujeres de esa época llegaron a la edad adulta sin casarse porque literalmente no había hombres vivos elegibles con los que jurarse amor eterno.



Volviendo a las hermanas, sabemos que no estaba entre sus mayores deseos y aspiraciones ocuparse de la vida doméstica, de un marido o de criar niños, y —aunque lo hubieran deseado— ¿dónde estaban los hombres? Sabían que no podían depender eternamente de los ingresos de su padre como clérigo, que la casa les pertenecía mientras Patrick viviera y cumpliera su rol en la parroquia, y tampoco confiaban en su hermano, la persona menos fiable de la familia. Las opciones para las mujeres con una educación como la suya eran limitadas: convertirse en maestra, institutriz o casarse.
Ante los intentos poco alentadores de perseguir una carrera como institutrices y maestras, y la falta de alumnas para abrir su escuela, decidieron confiar en aquello que se resistía a perecer: la escritura.
De alguna manera, su soledad y aislamiento, el hecho de habitar en los márgenes de la vida y en la periferia de los centros literarios como Londres, hicieron que pasaran por alto las convenciones literarias y morales de la época y escribieran desde su verdad, siguiendo un impulso creativo nacido de la rebeldía y de lo que conocían sobre la naturaleza humana, los deseos, las pasiones, los sueños y las pesadillas.

Desde mi presente en el siglo XXI, me maravilla e inspira ver la obra y la vida de las hermanas Brontë en retrospectiva. Fueron tres mujeres que solo contaban con su imaginación. Desafiaron las limitaciones impuestas por la sociedad y el mundo literario, y llegaron tan lejos y tan rápido que, en poco tiempo, se convirtieron en leyendas de la narrativa clásica; fueron reconocidas como pioneras de la literatura feminista y marcaron el camino para otras mujeres del movimiento literario.
La lectura y la escritura eran para ellas una práctica creativa continua, tan natural como respirar. Pero la creatividad no se detuvo ahí. Las hermanas Brontë fueron autodidactas en muchas aristas del arte y son un ejemplo de lo que hoy llamaríamos «multipotenciales». Su casa, convertida ahora en museo, conserva sus dibujos, pinturas, acuarelas, bordados e incluso prendas de vestir y accesorios confeccionados por ellas. Cuando la creatividad y la imaginación necesitan salir del cuerpo, de alguna manera encuentran la forma, sin importar el formato ni el medio.





De izquierda a derecha: – Kit de pintura de Emily y dibujo de su perro Keeper – Flores pintadas en acuarela por Charlotte – Cartera confeccionada por Charlotte – Acuarela pintada por Emily – Dibujo de Anne

Las Brontë son un claro ejemplo de que la identidad es, entre otras cosas, un verbo. Eran escritoras porque escribían; como dijo una vez Charlotte: «Voy a escribir simplemente porque no puedo evitarlo». Lo fueron desde pequeñas; no se sentaron a esperar a que el mundo les diera permiso para escribir.
Por eso, de todas las hermanas, la más inspiradora para mí es Charlotte. Ella fue quien encontró los poemas escondidos de Emily y la convenció de que el mundo tenía que conocer su genio; incentivó a Emily y a Anne a dar el paso decisivo al enviar sus poemas y luego sus novelas a una editorial, cuando sus hermanas se mostraban más reticentes y no confiaban en que llegarían muy lejos, y mantuvo ese fuego interior y esa chispa encendidos hasta el final de su vida.
Compartir una pieza de arte con el mundo, ya sea un libro, un texto, una pintura, un dibujo, es un acto de fe y confianza en que alguien la recibirá; tiramos al mar una botella con un mensaje. Lo que suceda después no podemos predecirlo ni controlarlo.








Sus novelas se anticiparon a temas que años después retomaron otros autores y fueron pioneras al mostrar mujeres con una riqueza interior y psicológica muy compleja. Las heroínas brontianas son contradictorias, autónomas, feroces, apasionadas, anhelantes, implacables, nobles. Todas buscan su lugar en el gran orden de las cosas, convencidas de que la vida es más que lo que el mundo siempre les quiso hacer creer.
Guía Brontë para el lector curioso
¿Cómo se entra al universo Brontë? Con los ojos cerrados, sin rueditas de apoyo y con curiosidad. Pero como a mí me gusta la curiosidad ordenada, y nadie quiere empezar una cena por el postre, armé una guía para el lector desprevenido y, al final, mi ranking de lecturas preferidas.

Siete novelas para leer sin prisa, pero sin pausa.
1) Agnes Grey (Anne Brontë – 1847)
Empezamos con el título más accesible y amigable de la lista. Una primera novela refrescante y honesta sin muchas pretensiones.

Agnes Grey es la joven hija de un pastor cuya familia cae en la miseria. Desesperada por conseguir un trabajo, se emplea como institutriz de los hijos de una familia de clase alta, una de las pocas ocupaciones disponibles para las mujeres con estudios en la época victoriana.
La novela fue publicada en 1847, pero sus temas son universales y trasladables al siglo XXI. Tenemos a una heroína que debe lidiar con las diferencias de clase solo para vivir de su trabajo, mientras navega por una realidad en la que los valores sociales son amenazados por la riqueza y el estatus.
En Agnes Grey, la figura de la institutriz es una víctima de la humillación social, incapaz de forjar lazos sociales ni de construir una intimidad real con nadie. La institutriz era ese ser invisible que vivía en un limbo. No era una sirvienta, pero tampoco formaba parte de la familia.
Esta es la novela más personal de Anne —publicada bajo el seudónimo Acton Bell—, basada en su propia experiencia como institutriz. Durante cinco años Anne trabajó para dos familias diferentes y se enfrentó a la soledad y al dolor de hallarse lejos de todo lo que le era querido. Podemos leerla como un ejercicio de memoria procesada de Anne, una joven tan idealista y perseverante como su heroína, dispuesta a abrirse camino en la vida pese a las dificultades.
2) El Profesor (Charlotte Brontë – 1857)
Seguimos con El Profesor, la primera novela de Charlotte Brontë. Una historia sencilla y sobria, escrita entre 1845 y 1846 y la primera en ser rechazada. Los editores no la consideraban lo suficientemente emocionante, y coincidían en que le faltaba el desborde que el público victoriano exigía en esa época. Finalmente se publicó en 1857, dos años después de la muerte de Charlotte.

El Profesor es la única novela de Charlotte narrada desde el punto de vista masculino. Muchos la consideran una obra menor al ser la más sobria y realista de todas, pero es una pieza muy valiosa para notar el crecimiento de Charlotte como escritora y llegar a ver cómo El Profesor se convierte luego en Villette, su última novela. Un momento full circle.
El protagonista de la historia es William Crimsworth, un joven inglés de clase media que trabaja en la fábrica de su hermano. Su relación es tan destructiva que renuncia y se va a Bélgica a trabajar como profesor de inglés en un colegio. Allí se enamora de Frances Henri, una alumna de origen suizo-inglés. La novela sigue su ascenso profesional y su relación con Frances, atravesada por los juegos de poder de la directora de la escuela.
Y ahora, el chisme: antes de escribir sus novelas, las hermanas Brontë querían fundar una escuela para niñas en su casa de Haworth. Como no estaban lo suficientemente preparadas, Charlotte y Emily se mudaron a Bruselas para aprender francés y perfeccionar sus habilidades como maestras de inglés en el Pensionnat Heger.
Emily permaneció pocos meses en Bruselas; antes de cumplir un año ya estaba de vuelta en Haworth; no podía soportar estar lejos de su hogar y de sus páramos durante tanto tiempo. Charlotte permaneció un año más y luego regresó a Haworth. El tiempo que pasó en Bruselas y su enamoramiento no correspondido por el profesor y director Constantin Heger inspirarían El Profesor y, posteriormente, Villette.
A partir de este momento aparece un elemento que se repite en las novelas de Charlotte, el narrador en primera persona que rompe la cuarta pared, haciendo que el lector se sienta un confidente de los protagonistas.
La dinámica alumna-profesor y las reflexiones sobre la belleza física son unas constantes que atraviesan toda la obra de Charlotte. De hecho, sus heroínas nunca son físicamente «hermosas». Lo interesante, más allá de lo catártico, es cómo a través de la escritura, Charlotte invierte ese vínculo tan desigual. Otra muestra de que todos los caminos conducen a una escena de Annie Hall:
«You know how you’re always trying to get things to come out perfect in art because it’s real difficult in life.»
3) Jane Eyre (Charlotte Brontë – 1847)
Ya lo había dicho el editor de Charlotte. Los lectores no iban a conformarse con una historia liviana. Querían drama y sudor, y eso es lo que Charlotte les tenía preparado un año después, en 1847.

Jane Eyre fue la primera novela publicada de Charlotte Brontë —bajo el seudónimo masculino Currer Bell— y se convirtió en un éxito inmediato.
Fun fact: Las tres hermanas eligieron como seudónimo el apellido de quien eventualmente sería el futuro marido de Charlotte. Tiempo después, para evitar malentendidos, Charlotte y Anne viajaron a Londres para revelar la verdadera identidad de las tres hermanas a su editor, George Smith (Smith, Elder & Co.)
Gótica, atmosférica, sombría, Jane Eyre tenía todo lo necesario para enamorar a su público.
La protagonista de esta historia es Jane, una niña huérfana —al igual que pasará con el resto de las novelas de las hermanas, la figura materna es casi inexistente— que vive con su tía y sus primos mientras sufre los maltratos de una familia que la aborrece. La historia sigue a Jane a lo largo de los años, desde su infancia, pasando por su adolescencia hasta la adultez, mientras intenta encontrar su lugar en el mundo y volverse una mujer independiente, estudiando y trabajando en Lowood, un internado para niñas, y luego como institutriz en la mansión Thornfield Hall.
En Jane Eyre, Charlotte vuelve a rescatar de su memoria los recuerdos dolorosos para encontrarles un sentido. Lowood y Helen Burns, la mejor amiga de Jane, están inspirados en Cowan Bridge —el internado al que asistieron durante su infancia Charlotte, Emily, María y Elizabeth— y en María, la hija mayor de la familia Brontë. Las pésimas condiciones del internado y el maltrato que sufrían las alumnas a diario provocaron un brote de enfermedades y la muerte de Elizabeth y María.
Alerta de Spoiler
Jane Eyre también es considerada una de las primeras novelas feministas al ir en la dirección opuesta a la de otras obras de la misma época. La heroína de la historia asume una postura activa al tomar la iniciativa y decidir sobre su propio destino; el hombre pasa de ser «el salvador» a «el elegido» en una relación de iguales.
La icónica y desafiante frase con la que Charlotte abre el último capítulo del libro: «Me casé con él, lector» es tan poderosa porque no solo apela a una intimidad directa con el lector, sino que es una muestra de la agencia que alcanzó la protagonista en ese punto de la historia al invertir el esperado «se casó conmigo» por «me casé con él».
4) Cumbres Borrascosas (Emily Brontë – 1847)
Llegamos al plato principal. ¿Qué más puedo decir de la única y sublime novela que nos dejó Emily? Mis reflexiones sobre Cumbres Borrascosas están en la edición #12 del Newsletter, así que solo voy a decirte que sería un error gigantesco pasar por esta vida sin haber leído a Emily Brontë.


A diferencia de Jane Eyre, Cumbres Borrascosas no gozó de un éxito y aceptación inmediatos, sino que fue calificada como inmoral, vulgar y oscura.
La novela está ambientada entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, y narra la historia de la familia Earnshaw en los páramos de Yorkshire, al norte de Inglaterra. Un día, el padre de la familia vuelve a casa con un niño huérfano que encuentra en la calle durante un viaje a Liverpool; decide adoptarlo y llamarlo Heathcliff. No se sabe nada del pasado de Heathcliff, pero pronto se convierte en el cómplice inseparable de Catherine, la hija menor del señor Earnshaw, y en el blanco de los maltratos del hijo mayor, Hindley.
Cumbres Borrascosas tiene múltiples narradores poco confiables, y la mayor parte de la historia la conocemos a través del punto de vista de Nelly, la criada de los Earnshaw y testigo de la relación ambigua y obsesiva entre Cathy y Heathcliff a lo largo de los años, en la que la toxicidad adulta se confunde con la codependencia de la infancia, arrastrándolos a una espiral de miseria y soledad.
De acuerdo con los críticos, Cumbres Borrascosas —publicada bajo el seudónimo Ellis Bell— tenía una «masculinidad salvaje» y estaban convencidos de que era la obra de «un hombre profundamente perturbado».
5) Shirley (Charlotte Brontë – 1849)
En este punto me parece buena idea hacer un puente entre Cumbres Borrascosas y Shirley, ya que el personaje de Shirley Keeldar está inspirado en Emily Brontë, la persona a la que más admiraba Charlotte.
«No he visto nada semejante; pero es que en realidad no he conocido jamás su igual en nada. Más fuerte que un hombre, más simple que un niño, su alma erguíase solitaria». (Vida de Charlotte Brontë – Elizabeth Gaskell, 1857)

Shirley es una novela infravalorada que ni siquiera se acercó al éxito de su predecesora. Los lectores esperaban otra Jane Eyre, y lo que Charlotte les dio fue una historia en tercera persona sobre las consecuencias de las guerras napoleónicas en la industria textil inglesa. La novela surgió de la vocación de Charlotte de hacer “algo real, frío y sólido”. No suena muy divertido que digamos, pero —como diría Charlotte—quedate conmigo, lector.
El protagonista inicial de la novela es Robert Moore, un «hombre importante, hombre de acción», dueño de una fábrica textil sacudida por los efectos económicos de las guerras napoleónicas y por el temor de los obreros a la revolución industrial en Yorkshire, Inglaterra. Robert se debate entre el amor de su prima Caroline y Shirley, una heredera independiente y entusiasta. Sin embargo, las dos amigas saben que, frente a los hombres, es más lo que las une que lo que las separa.
La historia mezcla política, romance, amistad femenina y crítica social. Si bien todos los temas son interesantes, me hubiera gustado que Charlotte se decidiera por seguir una dirección concreta, porque Shirley es una víctima del famoso: «El que mucho abarca, poco aprieta».
Es una lectura muy disfrutable, aunque cuesta adaptarse al ritmo de los primeros capítulos. Su fuerte está en la construcción de los personajes, sobre todo el de Shirley Keeldar, quien llega a desplazar a Robert como protagonista, una mujer «demasiado rebelde para el cielo, demasiado inocente para el infierno». Aun así, me decepcionó la forma en que los últimos capítulos se sienten tan apresurados, como si Charlotte se hubiera cansado de escribir y quisiera ponerle punto final a toda costa.
Ella misma habló con su editor sobre las dificultades que atravesaba con su escritura en medio de una tragedia familiar, mientras veía morir a sus tres hermanos en menos de doce meses.
6) La Inquilina de Wildfell Hall (Anne Brontë – 1848)
La segunda y última novela de la más joven de la familia. Anne también fue la más crítica con la sociedad de su época y la más comprometida con sus ideales feministas. La Inquilina de Wildfell Hall no alcanzó la popularidad de Cumbres Borrascosas y Jane Eyre; sin embargo, desafió todas las expectativas de su época, llevándose el título de la primera novela feminista del mundo.

La Inquilina de Wildfell Hall transcurre en la campiña inglesa durante el 1800, y tiene como protagonista a Helen Graham, una mujer que llega con su hijo pequeño a un pueblo en el que nadie la conoce, y se instala en Wildfell Hall, una mansión en ruinas. Los vecinos, curiosos y desconfiados, no tardan en inventarse historias sobre esta mujer que esquiva las miradas indiscretas.
Por otro lado, tenemos a Gilbert Markham, un granjero y terrateniente de la zona que inicia una amistad con Helen, hasta que la tensión romántica se hace evidente, generando un malentendido y una pelea entre Gilbert y el propietario de Wildfell Hall. Helen le escribe unas páginas —muchas páginas, el libro entero, básicamente— contándole la historia de su vida, en un intento de hacerle comprender la realidad de su situación.
Anne Brontë fue testigo, a través de su hermano Branwell, de la espiral de autodestrucción que pueden generar el alcoholismo, las adicciones y la infidelidad en una familia, llevándola a escribir la novela más escandalosa de las tres hermanas. La Inquilina de Wildfell Hall revela un matrimonio destruido por la degradación moral, donde el divorcio se convierte en un acto de supervivencia.
Una muestra de la maestría de Anne es la existencia de Helen Graham. Helen es una protagonista perfecta porque tiene comportamientos que, como lectora, me frustraron mucho, pero aun así los acepto porque son decisiones completamente alineadas con su personaje. Estar en desacuerdo con un personaje, pero al mismo tiempo saber que no podría estar actuando de otra manera, dejar que nos guíe en la historia y esperar lo mejor es simplemente brillante.
7) Villette (Charlotte Brontë – 1853)
Y finalmente llegamos al postre, el broche de oro para cerrar esta lectura guiada. Villette es una versión más madura y oscura de El Profesor; es la obra de una Charlotte más sabia, con más experiencia y un dominio de la escritura que alcanza los niveles más altos de calidad literaria. Estamos frente a una Charlotte que escribe con la certeza de que lo hace como nadie en el mundo. Jane Eyre está muy bien, pero ya es hora de que los grandes se diviertan: acá llega Lucy Snowe.

La heroína de Villette es Lucy Snowe, una joven inglesa sin familia, sin dinero ni posición social, que viaja a Villette —una ciudad ficticia que podría ser Bruselas— para trabajar en un internado de niñas. Otra vez tenemos una historia en primera persona, mientras acompañamos a la protagonista en su viaje durante la adultez en busca de la independencia económica, pero también de un lugar y un amor a los que pueda llamar hogar.
Lucy Snowe no es la típica protagonista que esperaríamos encontrar en este tipo de novela. La pregunta que se repite a lo largo del libro es: ¿quién es Lucy Snowe? Who’s that girl?
Por momentos ella es la protagonista, pero también es testigo de la vida de otros personajes, esconde información al lector, a veces no sabemos por qué hace lo que hace, mantiene su distancia con nosotros, pero también nos hace parte de su intimidad. Es un enigma para el lector y para ella misma.
Me parece hermoso que esta haya sido la última novela de Charlotte Brontë. Es la obra donde mejor se aprecia su evolución como escritora, y al mismo tiempo hace que me pregunte qué otras obras maestras habrían llegado a escribir ella y sus hermanas de haber vivido algunos años más. Al haberse inspirado en las mismas experiencias que alimentaron a El Profesor, Villette se siente como un círculo que cierra perfectamente su trayectoria como escritora.
Alerta de Spoilers: tres curiosidades sobre Villette:
1. Patrick, el padre de Charlotte, quería que el libro tuviera un final feliz. Le pidió a su hija que Monsieur Paul Emanuel viviera, pero ella tenía otros planes. Finalmente, Charlotte decidió hacer una pequeña concesión y el destino de Paul Emanuel quedó a libre interpretación del lector.
2. Cuando se publicó Villette, los lectores quedaron intrigados con el final abierto y le enviaban cartas a Charlotte. Querían saber qué había pasado con Monsieur Paul. Ella nunca reveló la verdad, como dice en una de las cartas a su editor: «[…] ya que el pequeño acertijo entretiene a las damas, sería una lástima echar a perder su diversión dándoles la clave». (Vida de Charlotte Brontë, Elizabeth Gaskell, 1857)
3. Las lectoras de la época estaban enamoradas de Monsieur Paul. Citando a una carta de Charlotte a su editor: «El otro día recibí una carta anunciando que una dama de cierta alcurnia que había resuelto casarse tan sólo si su esposo era la viva imagen de Mr. Knightley en Emma de Miss Austen, había cambiado de parecer ahora y jurado que «¡O encontraba el doble de Monsieur Paul Emanuel o seguiría soltera!» (Vida de Charlotte Brontë, Elizabeth Gaskell, 1857)
No hay burla más sarcástica en este mundo que decirle a alguien que cultive la felicidad. ¿Qué significa este consejo? La felicidad no es una papa que pueda plantarse en la tierra y abonarse con estiércol.
Villette – Charlotte Brontë
Gracias, Charlotte, por regalarnos la frase «La felicidad no es una papa» y por ignorar los consejos de un poeta amargado.

Mi ranking personal

Conclusión
Si llegaste hasta acá, gracias por acompañarme en este recorrido por las novelas de las hermanas Brontë. Espero que ya tengas elegida tu próxima lectura y que la historia de estas mujeres te inspire tanto como a mí.
Algo para ver, algo para leer, algo para escuchar
• Una película: To Walk Invisible (Sally Wainwright, 2016)
Una biopic poco conocida e infravalorada de las hermanas Brontë. Perfecta para verla antes y después de terminar los libros.

• Un libro: La Ciudad de Cristal (Isabel Greenberg, 2020)
Una novela gráfica hermosísima que mezcla la infancia y la juventud de los hermanos Brontë con los mundos imaginarios que crearon en la niñez. Podés comprarlo con descuento en Buscalibre desde mi link de afiliada.

• Un álbum: Everybody Scream (Florence + The Machine, 2025)
Florence Welch es famosa por su lírica cruda, poética y visceral. Un álbum perfecto de principio a fin y muy brontiano si me lo preguntan.

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Gracias por tu lectura ♥
Con cariño,
Gianina


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